Peces, panes y pirámides
Escrito por Saúl Hernández Bolívar   
Sábado, 15 de Noviembre de 2008 15:45

En Colombia suele decirse que el narcotráfico avivó un afán desmedido por obtener fortuna a cualquier precio, ‘dinero fácil’ como suele llamarse. Yo creo todo lo contrario: que el narcotráfico, el secuestro y otras actividades que nos avergüenzan ante el mundo, encontraron el camino allanado gracias al fuerte arraigo de la codicia en nuestra cultura. No en vano, el sueño de cualquier colombiano es ganarse la lotería; o sea, hacerse rico pero sin trabajar. Por eso, no hay que sorprenderse de que la causa del remezón que sacude a Colombia por estos días no sea la guerrilla, los ‘paras’, la mafia o un escándalo político sino una estafa en la que cayeron millones de personas.

Es un hecho irrefutable que los sistemas de ‘ahorro’ piramidal, y otros similares como el ‘esquema Ponzi’, son un fraude puesto que están condenados de manera inevitable al colapso: se enganchan ahorradores ofreciendo altos intereses cuyo pago depende de que se vinculen más incautos de manera ilimitada o de que los primeros beneficiarios reinviertan siempre sus ganancias. De manera ineludible, se llega a un nivel de masa crítica cuyos rendimientos prometidos no están soportados en ingresos reales, por lo que no es posible responderles a los ahorradores y viene el desplome. Eso sí, el estafador queda con los bolsillos llenos. Esto, por supuesto, es muy parecido a lo que ha sucedido en la crisis económica mundial con las deudas subprime y los bonos basura.

A pesar de que la filosofía popular dice que “de eso tan bueno no dan tanto” y de las innumerables advertencias, miles de incautos juntaron sus ahorros, vendieron sus haberes y hasta se endeudaron para ‘invertir’ en pirámides que les ofrecían rendimientos hasta del 300 por ciento mensual, combinándose la ilusión y la ignorancia, la esperanza y la necesidad, el facilismo y la ambición.

¿Por qué tanta gente humilde desatendió las advertencias? Talvez porque Colombia es un país en el que escasean las oportunidades para superarse en la vida. No es fácil que los marginados accedan a una educación de calidad y lleguen a la universidad. Tampoco es fácil emprender proyectos productivos sin tener formación, sin créditos óptimos, sin facilidades de comercialización, promoción y mercadeo, y en medio de una tramitomanía intimidante. Ni siquiera es fácil obtener un empleo de calidad que garantice estabilidad laboral y mejores condiciones salariales. El trabajo se ha pauperizado en muchos sentidos, de ahí que abunde el rebusque en condiciones de informalidad, la ilegalidad y la criminalidad propiamente dicha.

Por otra parte, el sector bancario paga intereses miserables a los ahorradores, por lo que cada vez son menos las personas que los consideran como una opción real que ayude a mejorar su situación económica. Además, los bancos cobran ‘hasta por el saludo’, y el costo de sus servicios es tan alto que la mera cuota de manejo de una tarjeta débito se come los intereses y buena parte de los escasos ahorros de clientes de estratos medio y bajo, para quienes estar bancarizados es un lujo que no les reporta ningún beneficio.

No obstante, no hay que dejar de observar la insensatez de muchas personas que dejaron de trabajar cuando las pirámides empezaron a reportarles ganancias, creyendo que podían vivir de balde por el resto de sus días.

Ya se habla de pérdidas cercanas a los mil millones de dólares que obligarán al Gobierno a realizar un rescate financiero que evite el agravamiento de las condiciones de vida –o de pobreza– en muchas regiones del país, y las consecuencias sociales van desde motines, asesinatos y suicidios, hasta un estado de negación de las víctimas, que defienden a las pirámides y culpan de su caída a los medios de comunicación por encender las alarmas; al sistema bancario por sabotear esta ‘revolución’ financiera para preservar su monopolio; y al Estado por un poco de todo: por prohibir, por regular, por no regular, por no intervenir a tiempo, etc. Incluso, a los timadores los consideran poco menos que unos Muhammad Yunus, unos filántropos que descubrieron el truco de la multiplicación de los peces y los panes y lo quieren compartir con los pobres, cuando son simples embaucadores o astutos lavadores de dineros ilícitos.

Publicado en el periódico El Mundo, el 17 de noviembre de 2008 (www.elmundo.com).  

 
El pescador de ilusiones
Escrito por Saúl Hernández Bolívar   
Martes, 11 de Noviembre de 2008 17:36
Hay razones para asegurar que el triunfo de Obama se ha sobreestimado y que no hay mucho que celebrar. Me explico: para empezar, así como Timo Glock levantó el pie en Interlagos para que el negro Hamilton se coronara campeón de la F-1, a don Barack le arrendaron la Oficina Oval circunstancias como las torpezas de Bush, las tribulaciones de la guerra y el desplome de la economía. Además, muchos votaron por condescendencia, por aquello de que ya es hora de dejar jugar a los morenos, lo cual entraña cierta inmadurez política. Aun así, el triunfo sobre un McCain maltrecho por la edad, el cáncer y las cicatrices de guerra -y con el lastre de la torpe gobernadora de Alaska- fue estrecho. No miremos los votos electorales de un sistema arcaico y dudoso, sino los votos populares; por McCain votaron 55 millones de personas (el 46 por ciento), una cifra nada despreciable, que demuestra que Obama no tiene un cheque en blanco.

Ahora, mucho se ha dicho que el resto del mundo deberíamos elegir al presidente gringo, pues es a quienes más nos afecta; allá adentro, la democracia norteamericana funciona gracias al alguacil, al juez, al fiscal de distrito y a la moral puritana, no al presidente. Pero esta vez sí hay grandes expectativas internas por lo que haga el número 44, y mucho de lo que esperan adentro va en contravía de las expectativas foráneas, donde ansían el naufragio de Estados Unidos como potencia mundial.

Como Obama quiere que lo quieran y admiren afuera, habrá que alquilar balcón para verlo dándoles gusto a los antiimperialistas con medidas concretas como el cierre de Guantánamo, la salida de las tropas de Irak y Afganistán, el cese de las guerras preventivas, la supresión del embargo a Cuba, la firma del protocolo de Kioto, el reconocimiento de la CPI, la eliminación de los subsidios agrícolas, el derribo del muro fronterizo con México, el reconocimiento de los inmigrantes, un plan Marshall para sus vecinos (Latinoamérica) y antepasados pobres (África), el fin del unilateralismo y de su papel de policía mundial y hasta la legalización de las drogas que consumía en la universidad...

En fin, el mundo se está haciendo demasiadas ilusiones con el mulato (porque ni siquiera es negro). Y resulta, por cierto, una ofensa al sentido común votar por un hombre sólo por ir tras unas reivindicaciones justo donde el racismo se acabó hace años. Ya no estamos en los tiempos de Rosa Parks; a Obama no le tocó cederle el puesto a un blanco en las aulas de Harvard -como tampoco a su padre-. La verdadera reivindicación de los oprimidos consiste en que ellos, como Obama, se hagan responsables de sí mismos y dejen atrás la autocompasión.

Lo suyo, sin duda, es una gran muestra de superación personal, pero su elección no debería sorprender a nadie, dadas su notable inteligencia y formación. Sin embargo, la imagen del santo no hace milagros. Una elección que le saca lágrimas a Oprah Winfrey sólo por solidaridad de raza no es esperanzadora por sí misma, así como tampoco lo sería el triunfo de una Mrs. Palin sólo porque las Florence Thomas del mundo se revienten de emoción.

No sé hasta dónde sean conscientes Obama y sus electores de que las inmensas ilusiones que generó con sus promesas difícilmente se podrán satisfacer sin un profundo cambio de ese modelo de vida gringo que no quieren abandonar.

De hecho, a Obama lo eligieron para recuperar la economía más que el honor, la gloria o la fama de su país; por el esplendor y la grandiosidad que sienten al volante de esas 4 x 4 que hacen menos de 30 kilómetros por galón. Por eso, lo más probable es que Obama muestre un talante indulgente y conciliador -a diferencia de Bush-, pero sea inflexible al mismo tiempo. El juego consistirá en quedar bien con los suyos sin ser insolente con el resto. De terminar siendo tan impopular en el mundo como cualquier otro presidente gringo, dependerá que le hagan una estatua adentro.
 
Publicado en el periódico El Tiempo, el 11 de noviembre de 2008 (www.eltiempo.com). 


 
Por unas manzanas podridas
Escrito por Saúl Hernández Bolívar   
Lunes, 10 de Noviembre de 2008 16:43
Los militares y policías colombianos le ponen el pecho a las balas de los grupos ilegales para que los demás habitantes de este país podamos llevar una vida normal y tener la perspectiva real de un futuro en paz. Ellos son carne de cañón en un país donde los hijos de los ricos no pagan servicio militar ‘obligatorio’ sino que compran la licencia por debajo de la mesa. Por eso merecen comprensión.

No es justo que se condenen sin ponderación los crímenes cometidos por errores de apreciación en el fragor del combate o en medio de patrullajes en zonas de alto riesgo, donde hay una fuerte presencia de guerrillas, narcotraficantes o paramilitares. De la misma forma, pueden ser medianamente comprensibles los asesinatos de sospechosos de pertenecer a grupos irregulares contra quienes no hay pruebas para su arresto. Eso es guerra sucia, sin duda, y constituye una falla en el servicio, una violación de los derechos humanos y un crimen que debe ser castigado por la ley. Pero es entendible que ello ocurra en la medida en que las vidas de los mismos servidores públicos corren un alto riesgo y su condición humana los obliga a preservarla mediante acciones inicuas.

Lamentablemente, estas actuaciones irregulares son como una bola de nieve: no sólo se van haciendo más frecuentes sino cada vez más perversas. Es así como de infamias viejas surgen vergüenzas nuevas. Hace décadas se conoce la mal llamada ‘limpieza social’, una ignominia cometida no sólo por las autoridades sino por todos los grupos ilegales para ganarse el favor de las comunidades eliminando la escoria social: drogadictos, violadores, ladrones, travestis y demás. También es antigua la práctica de ‘legalizar’ crímenes de los paramilitares, sin importar si se trataba de guerrilleros o no, haciéndolos pasar como bajas de combate con las Fuerzas Militares.

Pues bien, de la fusión de tan nefastas prácticas y aprovechando que los marginados no tienen mejores opciones de trabajo que unirse a bandas criminales por la promesa de un salario –lo que también tiene graves connotaciones morales–, a algunas manzanas podridas, de entre más de 250 mil efectivos, se les ocurrió mancillar el honor del Ejército asesinando inocentes para demostrar una supuesta efectividad operativa y, muy seguramente, para embolsillarse alguna parte del dinero de las recompensas que el Estado colombiano les paga a civiles por su información. Pero, además, aquellos que ultrajaron con esas vilezas a la institución más apreciada por los colombianos y a la sociedad misma, se valieron impúdicamente del propósito de incentivar con días de descanso, condecoraciones y ascensos a quienes presentaran mejores resultados. Pareciendo imposible, entonces, que alguien matara por un fin de semana de descanso, esa efectividad se evaluaba teniendo en cuenta el número de bajas enemigas, lo que llevó a unos pocos a poner en movimiento una infame maquinaria asesina que desprestigia al Ejército, deshonra la memoria de los caídos y le sirve a algunos para pedir el desmonte de la doctrina de Seguridad Democrática del gobierno de Uribe.

Pero pongamos las cosas en perspectiva: no hay ejército en el mundo que pueda asegurar que todas sus actuaciones se ciñen a la moral, a los derechos humanos, al sentido común, al uso proporcionado de la fuerza, etc. Las principales potencias tienen un largo y reiterativo historial: Abu Ghraib, Guantánamo, Beslán, Dubrovka, Osetia y Georgia, el Tíbet... 

En Colombia, el primero en reconocer estas irregularidades, ofrecer correctivos ejemplarizantes y clamar por la aplicación de pronta y suficiente justicia ha sido el Gobierno, pues hechos como estos deben convertirse en una oportunidad para perfeccionar y fortalecer la política de seguridad que ha salvado la democracia colombiana, no para desmontarla.

El contrato social por el que se funda cualquier Estado tiene como propósito fundamental el de salvaguardar la vida, honra y bienes de los asociados. Y, para ello, el Estado debe contar con instituciones enérgicas, dinámicas; unas que legislen, otras que apliquen justicia y otras que ejerzan la autoridad. Es por los notables altibajos que desde el siglo 19 ha tenido el Estado colombiano en cuanto a preservar el imperio de la ley, que el país llegó a ser casi un Estado fallido y por lo que aún se sienten fuertes coletazos criminales de lo que algunos califican como una ‘cultura mafiosa’. Volver a lo de antes sería fatal.

Publicado en el periódico El Mundo, el 10 de noviembre de 2008 (www.elmundo.com). 



 
¿Protestas justas o pulso ideológico?
Escrito por Saúl Hernández Bolívar   
Martes, 28 de Octubre de 2008 11:57
La protesta social no puede incluir violencia, nexos con grupos al margen de la ley o fines politiqueros. 

Hay quienes pretenden hacer ver como una crisis del Gobierno -y del país- la reciente oleada de paros, marchas y protestas. Pero resulta que quienes están protestando son unas minorías que no representan el conjunto social; son minorías que protestan por razones políticas de fondo, disfrazadas de necesidades básicas; son minorías que protestan no tanto para resolver sus aspiraciones y necesidades sino para evitar que este Gobierno, y lo que representa, se reedite en los próximos comicios.

Ahora bien, motivos de protesta tenemos todos, desde el más encopetado hasta el más humilde de los colombianos. Sin embargo, hay que ser sensatos a la hora de discernir si a un Gobierno le cabe por entero la culpa de un reclamo, si la reivindicación es justa o si, por el contrario, vulnera derechos de terceros -incluso aún más sensibles- y, sobre todo, si se trata de una pataleta con tinte ideológico de algunos sectores sociales que se sienten con derecho de imponernos modelos políticos y económicos que las mayorías no deseamos y que han sido probados -y reprobados- en otras latitudes.

Los protagonistas de las protestas recientes tienen mucho en común: en lo político, afinidad con el Polo Democrático y movimientos bolivarianos, rechazo al 'imperialismo yanqui' y repudio hacia Uribe; en lo económico, desprecio por la economía de mercado, lucha contra el TLC, y predilección por estatizar o socializar la producción; y en lo filosófico, el sueño revolucionario de la subversión y muchos de sus métodos, entre otras cosas. O sea que, básicamente, comparten el interés de implantar el modelo político y económico que está haciendo estragos en el vecindario.

Basta el ejemplo de Venezuela, donde, tras 10 años de socialismo chavista, el índice de pobreza sigue siendo tan alto como el nuestro, a pesar de nadar en petróleo. También persiste la desigualdad de antes; abundan los vehículos de lujo de los amigos del régimen, que consumen gasolina más barata que el agua, en tanto que escasea la leche en las tiendas. Y el totalitarismo avanza sin tregua: a los opositores como Raúl Baduel y Manuel Rosales no les queda otro destino que la cárcel.

¿Ese es el giro que unas minorías nos quieren imponer a la brava? El marxismo no ha sacado de pobre a nadie y si bien el capitalismo salvaje tampoco es la panacea, la alternativa es un camino de centro, que se construye con propuestas, no con protestas feroces.

Muchos se quejan de que la protesta social en Colombia está criminalizada y niegan que indígenas, sindicatos y estudiantes estén infiltrados por la subversión, pero estos se comportan como milicianos en contra de una ciudadanía que repudia esos comportamientos anárquicos.

La protesta social no puede incluir violencia, nexos con grupos al margen de la ley o fines politiqueros de quienes buscan pescar en río revuelto. Eso caracteriza algunos hechos de las últimas semanas y deslegitima por completo a los agitadores.

Es claro el propósito de magnificar nuestros problemas sociales como si este fuera el único país de la región y del mundo que los sufriera o como si estos no hubieran existido antes del 2002. Se pretende divulgar a los cuatro vientos que todo aquí son horrores y convencernos de que esto sería un paraíso si se gobernara como quieren estas minorías, que comparten ideario y sueños revolucionarios con los subversivos, y como si el trasnochado marxismo tuviera credenciales para mostrar o la moralidad pública distinguiera bandera o ideología.

Y, claro, las propuestas razonables brillan por su ausencia porque de lo que se trata es de perturbar un Gobierno cuya aceptación y fortaleza confunden y preocupan a los opositores; un Gobierno que entraña para ellos el peligro de desaparecer no bajo las balas -como dice el senador Alexánder López-, sino ante la realidad de la democracia. Que es, ni más ni menos, el hecho de que las mayorías son las que escogen el camino. 

Publicado en el periódico El Tiempo, el 28 de octubre de 2008 (www.eltiempo.com). 

 
Todas las formas de lucha
Lunes, 20 de Octubre de 2008 11:07

Por Saúl Hernández Bolívar

Los paros y protestas de estos días no son una inocente casualidad sino acto muy bien planeado para desestabilizar al Gobierno.

Para nadie es un secreto que prácticamente todas las organizaciones que tienen el rótulo de ‘sociales’ hacen parte de una izquierda anclada en el pasado que todavía cree en las reivindicaciones y la lucha de clases, cosa por demás graciosa en Colombia donde los líderes de esa izquierda –opositores recalcitrantes– o provienen de acaudaladas familias o han medrado durante años a expensas del Estado y no están dispuestos a entregar sus riquezas y seguir la cruz del comunismo sino a aplicarle sus postulados a los capitalistas ‘puros’, y quedarse ellos campantes con los privilegios de la ‘nomenklatura’.

Por ejemplo, la Rama Judicial –instigada por su sindicato– salió a paro durante 43 días, reclamando una nivelación salarial prometida irresponsablemente por el gobierno de César Gaviria en 1992, que hasta la fecha no ha sido cumplida por ninguno de los tres gobernantes que le han sucedido. Sin embargo, es evidente que al sindicato judicial le interesaba mucho más poner en aprietos al Gobierno de Uribe, el que más recursos financieros le ha dado a la Justicia colombiana y a sus trabajadores en toda la historia. Es así que varios de sus voceros se refirieron a los ‘ataques’ de Uribe a la Corte Suprema de Justicia, esos mismos a los que José Miguel Vivanco y su ONG de izquierda, Human Rights Watch, acaba de hacer eco en el extranjero.

Todas las personas creen justas sus aspiraciones salariales por elevadas que sean, pero la Rama Judicial ni está mal remunerada ni parece merecer que se cumplan sus exigencias dada la inoperancia judicial del país, de la que es responsable en gran medida. No de otra manera se puede entender que el presidente del sindicato disfrute una pensión de más de nueve millones de pesos mensuales (más de 20 salarios mínimos) y que el paro de 43 días no haya provocado grandes traumatismos en el devenir de la sociedad colombiana, si trabajan o no es casi lo mismo. Tal es su nulidad.

El plan orquestado por la izquierda en contra del Gobierno se hace evidente, además, con los nuevos paros de entidades oficiales. El sindicato de la Superintendencia de Notariado y Registro alega que sus salarios están por debajo de otros trabajadores del Estado. A su vez, los trabajadores de la Registraduría Nacional se lanzaron a huelga pidiendo también una nivelación salarial y una bonificación de año electoral (mes y medio de salario) que se les ha venido concediendo desde 1982. Y, como si se tratara de casos aislados, el sindicato de la Dirección de Impuestos (Dian) también anunció paro en pos de incrementos salariales.

Es decir, los sindicatos de entidades oficiales, controlados por la oposición de izquierda –el Polo Democrático Alternativo–, recurren al viejo truco de chantajear al gobierno de turno precisamente en momentos en que ha sido necesario apretarse el cinturón para controlar la inflación y cuando la crisis financiera global amenaza con no dejar ilesa la economía de ningún país. Sólo que esta vez el objetivo no es sólo el de arañar el erario por medios legales sino el de debilitar al Gobierno, para lo que preparan un paro general de trabajadores del Estado el 23 de octubre; trabajadores que, por lo general, son bien remunerados, poco eficientes y entre quienes hay altísimos niveles de corrupción.

Pero eso no es todo. Las cruentas protestas protagonizadas por los indígenas del Cauca están visiblemente manipuladas por las Farc. Los indígenas exigen la titulación de extensas franjas de tierra aún cuando son propietarios (según datos del Instituto Geográfico Agustín Codazzi) de 30 millones de hectáreas, mientras que el Estado es dueño de 28, los particulares de 68 y las comunidades negras de apenas 3. También hay 8 millones de hectáreas de parques y reservas forestales. Es decir, las comunidades indígenas de Colombia, que representan menos del 2% de la población, tienen el 21% de las tierras.

Los indígenas no necesitan más tierras. Como ellos mismos dicen su pretensión es la de “liberar la madre tierra de ese ejercicio de acumular riqueza”, lo que constituye una lucha de tipo político muy afín con los movimientos indigenistas de Bolivia y Ecuador. Igualmente, la huelga de los cortadores de caña de azúcar hace parte de la misma coyuntura, máxime a sabiendas de la injerencia en la misma del senador del Polo Democrático Alexander López.

El cuadro, entonces, no puede ser más claro: es la vieja práctica de la combinación de todas las formas de lucha.

 

 
Obama se equivoca sobre Colombia
Lunes, 20 de Octubre de 2008 10:55

Por Mary Anastasia O'Grady

Tras el debate final de la semana pasada entre John McCain y Barack Obama, los medios de comunicación no perdieron tiempo en buscar los trapos sucios de Joe el Plomero. Es una pena que el mismo nivel de escrutinio no se haya aplicado a las declaraciones difamatorias que hizo Obama contra Colombia.

Joe, en caso que haya estado siguiendo la política estadounidense, es un hombre de la clase trabajadora de Toledo, Ohio, que la semana pasada entregó un resumen claro del plan económico de Obama: aumentar los impuestos para los emprendedores exitosos y utilizar el dinero para expandir los programas de asistencia social.

Joe llevó adelante lo que denomino la audacia de la veracidad. Hizo que el candidato educado en Harvard quedara mal. Por ese motivo, los medios decidieron que había que disminuir un poco su relevancia. En tanto, el cuarto poder dejó de lado cualquier discusión seria sobre la difamación que hizo Obama del mejor aliado de Estados Unidos en América Latina.

Para ser justos, es probable que Obama no se haya dispuesto a insultar a millones de colombianos el miércoles por la noche y revivir la noción del Gringo Feo que tienen muchos vecinos. Pero cuando McCain señaló que no tiene sentido oponerse al Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos y Colombia, puesto que EE.UU. ya está abierto a las importaciones de Colombia y porque el acuerdo abrirá nuevos mercados para los exportadores estadounidenses en tiempos económicos difíciles, Obama no estaba bien preparado para responder.

Acudió a sus archivos mentales, en búsqueda de lo que fuera que le habían dicho que dijera sobre Colombia. Parece que encontró su disco duro lleno de los argumentos de los grandes sindicatos estadounidenses. Esto es lo que arrojó: "En este momento, la historia en Colombia", dijo, "es que los líderes sindicales han sido blancos de asesinatos, en forma consistente, y no han habido procesamientos".

McCain debería haber sonado el silbato en ese mismo instante. Levantar falso testimonio en contra de un vecino, que además es un amigo, constituye una infracción. Los asesinatos de sindicalistas en Colombia han descendido pronunciadamente en los últimos cinco años y las condenas han aumentado. Obama se equivocó. Además, McCain perdió una oportunidad de preguntarle a Obama cómo cuadra su antagonismo hacia Colombia —cuyo presidente tiene un índice de aprobación de 80%— con su promesa de apuntalar la imagen de EE.UU. en el exterior.

Un político estadounidense debería saber que no es adecuado darle un sermón sobre moralidad a Colombia. La demanda estadounidense de cocaína, que financia a lo peor de la criminalidad colombiana —incluidas las sangrientas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC)—, casi ha arruinado ese hermoso país. Los colombianos, quienes han cooperado con valentía con la desafortunada "guerra a las drogas" de EE.UU., han pagado un alto precio.

Cuando el presidente Álvaro Uribe llegó al poder en agosto de 2002,Colombia era casi un Estado fallido. Ese año hubo casi 28.837 homicidios en todo el país, convirtiéndolo en uno de los lugares más peligrosos del planeta. 196 sindicalistas fueron asesinados ese año. Sus muertes estaban relacionadas a la violencia política que recorría todo el país.

Los sindicatos dominantes del sector público tienen sus orígenes en una ideología revolucionaria que comparten con las FARC. Esto los ha dejado del lado izquierdo de la violenta política colombiana durante décadas. Del otro lado se han ubicado aquellos que levantaron las armas para oponerse a la agresión de la guerrilla.

Uribe ha trabajado para restaurar la paz al fortalecer al Estado. Esto ha sido malo para ambos bandos. Pero a medida que los rebeldes han sido relegados, simpatizantes de las FARC han ido a Washington para desacreditar a su némesis. Los demócratas les han dado la bienvenida. En tanto, el número de víctimas ha caído de forma pronunciada y los miembros de los sindicatos se han beneficiado en especial de la mayor seguridad.

Como explicó un editorial de The Wall Street Journal el viernes, entre 2002 y 2007 el número de sindicalistas colombianos asesinados cayó casi un 87%. Según cualquier estándar justo, eso es progreso, en especial considerando lo que heredó Uribe. En 2000, fueron asesinados 155 sindicalistas; en 2001, 205, y en 2002, 196. Las cifras recién comenzaron a bajar cuando él tomó el timón.

En octubre de 2006, el presidente creó una unidad de investigación especial dentro de la Procuraduría General de la Nación, el organismo encargado de investigar los asesinatos de sindicalistas. La unidad comenzó a operar en febrero de 2007 y afirma que hasta agosto de este año, "se han abierto investigaciones sobre unos 855 casos" y que "se han emitido 179 medidas de detención preventiva para la seguridad, 61 casos están listos para ser enviados a la corte para ir a juicio, y 115 sospechosos han sido condenados en 75 sentencias".

Hoy en día es más seguro ser miembro de un sindicato que ser miembro de la población en general. Eso es un hecho y sería interesante saber por qué Obama se ha negado en reiteradas ocasiones a aceptarlo.

¿Acaso se debe a su fuerte dependencia de las contribuciones de campaña de la organización anti-comercio AFL-CIO (una federación de sindicatos internacionales)? O tal vez, al igual que la presidenta de la Cámara de Representantes del Congreso estadounidense, Nancy Pelosi, Obama tiene una preferencia ideológica en favor de la izquierda dura colombiana. Si es lo último, entonces vale la pena preguntar si una presidencia de Obama cambiaría la política exterior estadounidense para volverla más favorable hacia insurgentes de la calaña de las FARC.

Escriba a: O' Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla

The Wall Street Journal - OCTOBER 20, 2008

 

 
Hay que cambiar el alma
Escrito por Saúl Hernández Bolívar   
Martes, 14 de Octubre de 2008 11:49

Dice el escritor Fernando Vallejo que si a Colombia le sustraemos los guerrilleros, los paramilitares, los narcotraficantes, los políticos corruptos y demás depredadores de la zoología nacional, nada se arregla porque quedamos los colombianos. Y es que la ironía del aserto radica en nuestra dificultad de reconocer la porción de culpa que a cada cual nos cabe dentro de una realidad que a menudo nos agobia y nos hacer perder la fe en nuestro futuro como nación.

Y lo peor es que ni haciendo el intento de compararnos con modelos de vida que nos seducen alcanzamos a reconocer esas fallas que nos alejan del ideal soñado y, por el contrario, tendemos a arraigar más profundamente nuestros defectos. Los colombianos solemos creer que el anhelado ideal de progreso y bienestar nos va a caer como maná del cielo, sin hacer los esfuerzos suficientes, y eso nos lleva rodando de frustración en frustración, echándoles la culpa a otros y poniendo cara de pendejos para fingir que no entendemos que la culpa es de nosotros mismos.

Vale la pena preguntarnos qué fue primero en las sociedades desarrolladas: ¿si el huevo de una idiosincrasia más responsable, comprometida, recta y juiciosa, o esa suculenta gallina de la prosperidad? Parece claro que lo primero conduce a lo segundo, no al revés. No es la riqueza la que nos puede hacer virtuosos, sino al contrario: cuando seamos probos saldremos de pobres, pero lo que no está claro es ese 'cuándo'.

Si bien sobran los incrédulos que cuestionan cualquier señalamiento que se haga a nuestra (in)cultura como fuente esencial de nuestros problemas -acaso porque no quieren reconocer fallas que no sean atribuibles al sistema, a la oligarquía y demás-, es fácil demostrar que la práctica sistemática y extendida de buenos hábitos en una sociedad podría mejorar sustancialmente la vida de todos.

Pensemos cómo nos cambiaría la vida si fueran comunes conductas como las señaladas a continuación y muchas otras que cada quien puede formular: Ser puntuales. No orinar en la calle. No tirar basuras en cualquier parte. Usar los puentes peatonales. Utilizar los paraderos de buses. No comprar productos falsificados. No comprar contrabando. No comprar sin factura. No llenarse de hijos que no podamos educar y repitan el ciclo de pobreza. No dar limosnas en la calle. No vender el voto. No ofrecer sobornos. No pedir mordidas. No hacer serruchos. No fomentar las roscas.

No conducir con tragos. No beber en exceso en ningún caso. Respetar las normas de tránsito. No exceder peligrosamente los límites de velocidad. No ejecutar maniobras indebidas al conducir, como invadir el carril contrario. No torturar a los vecinos con fiestas ruidosas hasta el amanecer. Reciclar en la fuente. Sembrar árboles y jardines. Etcétera. Etcétera. Etcétera.

No niego que esta lista de buenos deseos parece un inventario de lujos superfluos de ciudadanos suizos, escandinavos o japoneses, ilógicas en el marco de nuestra barbarie cotidiana, pero si no somos capaces de ajustarnos a unas minucias que no implican grandes luchas, mucho menos vamos a ser capaces de darle un giro categórico a nuestro devenir. El 'cambio' ha sido y seguirá siendo la consigna de todos los políticos, pero esa transformación nunca, en ninguna parte, ha sido fruto de la demagogia y menos aún de las leyes, como esa manía de estar escribiendo nuevas constituciones. El 'cambio' no se decreta.

Más bien, la cuestión florece cuando un alto porcentaje de pobladores llega a aborrecer sus vicios y encuentra que el único camino para el cambio es practicar sin reservas el vivir noble que anhelan; y eso significa, ni más ni menos, dejar de hacer cada cual lo que se le da la gana -colombianadas que llaman-, que es por lo que Vallejo intuye que el problema somos todos y por lo que Íngrid Betancourt concluye que es necesario y urgente "cambiar el alma del pueblo colombiano". ¿Será posible algún día?

Publicado en el periódico El Tiempo, el 14 de octubre de 2008 (www.eltiempo.com).

 

 
Bancarrota de la confianza
Escrito por Saúl Hernández Bolívar   
Lunes, 13 de Octubre de 2008 00:00

Desde que Richard Nixon dio fin a la convertibilidad del dólar en oro, en 1971, la confianza se configuró en el activo más importante de los mercados. A partir de ahí, la economía tomó un rumbo definitivamente riesgoso que, sin embargo, generó una gran confianza que, paradójicamente, retroalimentaba a este mismo Leviatán, y le dio paso a un sentimiento de optimismo generalizado gracias a las oportunidades del mercado, abrigados en la creencia de que basta con aplicar el recetario para hacerse a un pedazo de la torta.

No obstante, la avidez de todos los agentes económicos –no sólo de unos cuantos–, salpicó el camino de riesgos. De la teoría se pasó a la aventura, con posiciones extremas como la desregulación excesiva y la creencia de que las leyes de mercado ofrecían un equilibrio absoluto. Probablemente, lo que jamás se tuvo en cuenta es que si el avión del sistema económico no iba a sufrir de ‘fatiga del metal’, sí podía terminar estrellado por falla humana, como ha sucedido.

Los campanazos de alerta fueron ignorados. Casos como la quiebra de Enron y el desinfle de las punto com, fueron paradigmáticos y demostraron que en materia económica todo es incierto y que, a futuro, lo menos previsible son los mercados; se pueden predecir el clima, las contiendas políticas, los resultados deportivos pero nunca las prácticas riesgosas del mercado financiero. La burbuja tecnológica fue el resultado de inversionistas sedientos de ganancias que depositaron su confianza en las ocurrencias improbables de centenares de jovencitos, a sabiendas de que la misma concentración que promueve el sistema sólo iba a arrojar unos pocos casos exitosos como el de Google. Recientemente, la metástasis provocada por la crisis de los mercados hipotecarios es una prueba fehaciente de que todo tiene sus límites, de que el dinero no puede multiplicarse de la nada indefinidamente.

Parafraseando a Winston Churchill, cuando decía que la democracia es el peor sistema de gobierno probado hasta ahora con excepción de todos los anteriores, podríamos decir lo mismo del capitalismo; es decir, no es perfecto pero hasta ahora no se ha inventado un sistema mejor. Por eso, quien crea que la actual crisis es su fin, sólo está pensando con el deseo. Claro que la debacle que estamos viendo por estos días deja la impresión de que el mundo que conocemos hoy tendrá que mutarse en algo más seguro que evite llevarnos al otro extremo del capitalismo salvaje, que es casi lo mismo que regresar a la edad de piedra.

Todo extremo es ocioso, de eso no cabe duda, y la codicia del ser humano no tiene límites, pero si no se encuentra un punto medio en el que los de arriba logren un nivel de vida apreciable pero sensato y los de abajo puedan salir paulatinamente de la pobreza, armonizando lo uno y lo otro con la sostenibilidad medio ambiental, las próximas crisis tal vez no den oportunidad de hacer enmienda.

Todos los imperios de la historia han caído pero, con la globalización, el desplome del imperio norteamericano equivaldría al desmoronamiento de la civilización actual en general, no sólo de Occidente. Por eso, es preciso hacer acopio de la mayor enseñanza de todo esto, como es el hecho de que andar a toda marcha recalienta la maquinaria y que buscar el crecimiento desaforado –practicando un consumismo vulgar– con el pretexto de que así le llegan los beneficios a los más pobres (teoría del goteo), puede resultar en suicidio. Y que tomen nota los políticos del castigo que recibirán los republicanos en las urnas: únicamente así se explica la elección de un negro de origen musulmán como Presidente de la superpotencia.

El capitalismo renovará su confianza, pero sólo cuando la cordura lleve las riendas de los mercados y dejen de alentarse esas injusticias que dan náuseas como el hecho de socializar pérdidas por 700 mil millones de dólares mientras algunos ejecutivos de AIG se divierten con masajistas en un lujoso hotel de California. En 1929, tenían, por lo menos, el honor de arrojarse por las ventanas.

Publicado en el periódico El Mundo, el 13 de octubre de 2008 (www.elmundo.com).

 
La cadena perpetua es poquito
Escrito por Saúl Hernández Bolívar   
Viernes, 03 de Octubre de 2008 17:55

Creo, con todo respeto, que el Presidente de la República se equivoca e incurre en una evidente y grave incoherencia al manifestar que en Colombia no se debería imponer la cadena perpetua para los asesinos de menores por no haber aquí esa tradición o por considerar que eso polarizaría al país. Señor Presidente: ese argumento es muy similar a las tesis que esgrimen algunos en contra del combate frontal a las guerrillas que usted impulsó. Desde el principio, su política de la Seguridad Democrática fue rechazada por sectores minoritarios que aseguraban que eso convertiría al país en un Vietnam, que primero se debía acabar con las ‘causas objetivas’ del conflicto o que aquí teníamos, precisamente, una tradición de diálogo y desmovilización que no se podía tirar de la noche a la mañana. Esos mismos detractores intentaron polarizar el país pero más del 90 por ciento de los colombianos siguen estando de acuerdo con su política de mano dura, y un porcentaje similar quiere extenderla contra los violadores y asesinos de niños.

Entonces, no quisiera creer que tienen algo de razón sus críticos cuando aseguran que su posición contra las Farc parte de un odio visceral que siente usted contra ellos por haber asesinado a su padre, y que es pura sed de venganza. Sea cierto o no, debería entender mejor que nadie que para las gentes de bien no hay ninguna diferencia entre quienes violan y asesinan a sus hijos y el ‘Mono Jojoy’ o ‘Raulito Reyes’. Es más, aquí sí que cabe hacer la distinción entre unos delincuentes convencidos de una ideología política de izquierdas o derechas, y unas mentes enfermas y retorcidas que sólo buscan la satisfacción de sus más bajos instintos y pulsiones, atentando contra la vida, la honra y el pudor de los seres más indefensos e inocentes.

Y no es que se esté pidiendo la cadena perpetua –y hasta la pena de muerte– en la irracionalidad de estos momentos de efervescencia y calor, no. Esto lo venimos pidiendo muchos colombianos hace varios años, viendo con preocupación la manera creciente como se vienen produciendo –cada vez con mayor frecuencia y grado de sevicia– estos atentados contra el futuro de la Nación, dadas las nefastas consecuencias de los maltratos, los abusos sexuales y los homicidios, y el hecho de que los abusadores no abandonan nunca sus prácticas, sumando cada vez más víctimas a su prontuario criminal.

No puedo sentir nada distinto a una honda tristeza cuando veo que al Gobierno le importa un comino que Luis Alfredo Garavito, el sicópata asesino de más de 140 niños, está a pocos meses de quedar en libertad. Y, a pesar de que puede ser irresponsable decirlo, lo único que esperamos las personas de bien es que alguien se tome la ley por mano propia y finiquite la existencia de este monstruo antes de que, en libertad, vuelva a cometer más violaciones y homicidios. De hecho, eso es lo que ocurre cuando un Estado ceja en sus deberes por negligencia o ineptitud. ¿No fue así que surgieron los ‘paras’?

Es que si es grotesco ver una comunidad enardecida tratando de linchar a un violador y asesino de menores, todavía lo es más ver a la Policía defendiendo al criminal cuando han mostrado tantas deficiencias para cuidar a los niños. Puede que esos crímenes no sean culpa directa de las autoridades pero sí le compete al Establecimiento emprender las medidas judiciales pertinentes que eviten a los ciudadanos el tener que hacer justicia por su propia cuenta.

La cadena perpetua es poquito para dementes como Garavito u Orlando Pelayo, el asesino de su propio hijo, un bebé de once meses. Estos personajes deberían ser ejecutados sin mediar impedimentos religiosos u objeciones del garantismo judicial. No se puede seguir aupando a estos criminales con argucias emanadas de quienes se autodenominan ‘progresistas’, que no son otra cosa que los comunistas de siempre, que tratan de minar el sistema aduciendo que las cárceles no socializan, que la justicia no debe convertirse en venganza o que endurecer las penas no sirve para prevenir delitos o disminuir su incidencia.

Por eso, ¿quién puede garantizar que de imponerse la cadena perpetua esta no va a ser desmontada en unos años y devueltos a la calle una horda de criminales? Tal vez por eso aquello de que endurecer las penas no sirve se convierte en una profecía autocumplida, sobre todo cuando, paradójicamente, el máximo líder de la Nación está en contra.

Publicado en el periódico El Mundo, el 6 de octubre de 2008 (http://www.elmundo.com/).

 
Acerca de una 'parainvestigación'
Escrito por Saúl Hernández Bolívar   
Martes, 30 de Septiembre de 2008 12:03

Un libro del Centro de Pensamiento Primero Colombia desnuda las falencias de la famosa ‘investigación’ de la Parapolítica.

En marzo anterior, en el lanzamiento del libro Parapolítica: la ruta de la expansión paramilitar y los acuerdos políticos, de la Corporación Nuevo Arco Iris (CNAI), el fiscal general Mario Iguarán se atrevió a afirmar que "la Fiscalía se inclinaba reverente" ante ese trabajo. Sin duda, no lo había leído, o le delegó ese cometido a 'Zucarita', su mascota, o al mentalista Armado Martí. Muchos sí lo leyeron con juicio, como Alejandro Gaviria, quien no dudó en calificarlo de compendio de "juicios personales revestidos de academia" (El Espectador, 28/03/2008), y remató señalando que "las minucias de la argumentación no han trascendido, son hasta hoy desconocidas".

Precisamente esas minucias -que no son pocas- son las que quedan al descubierto en el libro que acaba de publicar el Centro de Pensamiento Primero Colombia (CPPC), titulado Paramilitarismo: verdades y mentiras. En este trabajo académico se hace patente lo grave y triste de haber sobreestimado un texto tan anodino, que fue recibido por muchos analistas y hasta juristas como la verdad revelada, a pesar de que cualquier lector juicioso puede desnudarlo sin el menor esfuerzo.

El libro del CNAI (en cabeza de León Valencia y Claudia López) adolece de una grave pobreza metodológica y conceptual, y viola los más mínimos preceptos de la investigación científica. Se trata, por cierto, de un estudio sesgado y prejuicioso que intenta sustentar opiniones de los investigadores no sólo subjetivas sino empañadas por el afán de deshonrar al Gobierno.

Esta 'parainvestigación' parte de supuestos falsos que dejan sin piso cualquier conclusión, como, por ejemplo, el asociar el desprestigio de los partidos tradicionales y del Congreso al fenómeno paramilitar cuando son cosas que no tienen relación alguna. Los 'investigadores' atribuyen las disidencias y los nuevos partidos a "la expansión paramilitar", cuando esos han sido fenómenos históricos previos al auge de los 'paras', y desdeñan asuntos como las microempresas electorales, operaciones avispa y demás signos de atomización política que explican buena parte de las supuestas atipicidades electorales que ellos señalan a conveniencia.

En su afán enfermizo de atribuir cualquier variación electoral al paramilitarismo, Valencia y compañía incurren en sofismas, necedades y hasta contradicciones. Es de tal mediocridad el texto que está plagado de expresiones válidas para una columna de opinión, pero no para una 'investigación' supuestamente seria; verbigracia, "al parecer", "pura intuición", "evidentemente", etc. Aún más, abundan los errores de ortografía y sintaxis, y descuidos crasos en la delimitación del tema como las extensas páginas dedicadas a hablar de cultivos de yuca, caña o cría de cerdos, sin ningún engarce con la cuestión central, o el lapsus inexplicable de Claudia López al escribir, en referencia a las actividades mineras del nordeste antioqueño, que "otro de los principales minerales en la región es el aluvión" (pág. 205). El aluvión no es un mineral, sino una técnica de extracción; de ese tenor es todo el librito.

Y es que la mala fe con la que se realizó esta obra se pone de manifiesto en su segunda edición, publicada solamente para dar cabida a las hipótesis de Claudia López y su fatídica teoría de la 'atipicidad', que se desbarata notablemente en el trabajo del CPPC. Y sea esta la oportunidad para implorarle cordura a la respetada Claudia, porque los que apoyamos a Uribe no somos 'chusma', como nos calificó hace un par de semanas en estas mismas páginas.

El libro de marras no es, pues, una investigación seria sino un libelo infamatorio que tergiversa la verdad. La "investigación más escalofriante de la historia" asusta es por tanta mediocridad junta. Por eso, es pertinente recordar -como el académico Libardo Botero en su ensayo-, que el prefijo 'para' significa apariencia, semejanza: el libro del CNAI semeja una investigación, pero no lo es.

Publicado en el periódico El Tiempo, el 30 de septiembre de 2008 (www.eltiempo.com).

 
<< Inicio < Prev 1 2 3 4 Próximo > Fin >>

Página 1 de 4